El momento

Has cargado tu coche. Cargado con los bártulos de la incertidumbre, con los fardos de tus miedos, con los bultos de tus culpas. Y así has conducido, con el velo  del abismo ante tus ojos sin brillo, filtros del asfalto curvo, rumbo hacia un sur próximo y amable que poco sabe de tus maletas vacías de certezas.

Tres carriles de autopista (AP-7, para más señas) se funden en un solo carril mental, tu mente, dedo que corre por el filo cortante de la hoz con punto.

Y detrás de las montañas no hay nada, y detrás del sol poniente no hay nada, porque ante ti todo es decorado vacío, solo tu coche corre cargado (tú lo has cargado, ¿no?).

Pero bien, llega el final del trayecto, i ahí está la música: Miss fine crece y vuela, brillan sus alas, ¡qué majestuosa su cabellera! y tu pulso de madera y carne sostiene su vuelo. Por favor, no disparen contra el bajista, tripulación y pasaje tomarán tierra sin riesgo alguno. Ya vamos bajando: mifáfafa, mifáfafa, mifáfafa, mifáfafa, fasí. Sí. Feliz aterrizaje.

Al final del trayecto, el momento. Solo momentos. No hay más.

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