El juego de la cárcel

 

Existe un niño al que quiero muchísimo. Un niño al que quiero de aquel modo que tengo yo de querer, tan sui géneris, que consiste en querer dando muy poco, generando un balance muy desequilibrado entre la intensidad del sentimiento y la plasmación de este en hechos. No sé si me explico: es como si solo pudiese querer para adentro, muchísimo, eso sí, a rabiar, pero fuese incapaz de dar algo de mí en forma sólida o tangible.

Quiero mucho a este niño, pero soy perfectamente capaz de olvidarme de llamarle el día de su cumpleaños. Ya me ha pasado una vez. Por suerte los niños no son rencorosos y perdonan muy facilmente. Por suerte para mi algunos mayores también son así.

Este niño no es mío. Ni este ni ninguno. No sé si es bueno o malo que ningún niño sea mío, aunque seguramente estaremos de acuerdo que en el fondo todos los niños del mundo son de todos. Pero bien, ya me entendeis. A veces dudo. Cuando pienso en este asunto siempre me acuerdo de lo que dijo un hombre al que conozco desde hace un tiempo, un hombre que vive para el arte y para nada más que el arte; a cuento de una discusión sobre la conveniencia de que los padres, a cierta edad, empiecen a aprender de los hijos, soltó: “Buono (este señor es alemán y no sabe decir “bueno,” siempre dice “buono”), yo no puedo hablar mucho porque a mí Dios me ha concedido la bendición de no tener hijos.” Me hizo mucha gracia lo de bendición.

Volvemos a mi niño. Decía que no es mío, pero si lo fuese no me importaría. Debería, eso sí, pulirle algunos defectos, en el fondo defectos de niño, como por ejemplo no saber perder a ningún juego. Le cuesta aceptar que si juega con mayores tiene siempre las de perder, y cuando pierde se pone un poco impertinente y a veces lloriquea.

Este niño siente devoción por mí. Me acapara. Me absorve. Me cuenta. Me pregunta. Siempre quiere saber cosas de mí cuando tenía su edad. De más pequeñito me cogía la cara con sus dos manitas para impedir que mirase a otra parte mientras me hablaba. Con él me siento enormemente importante.

Una vez nos inventamos un juego: consistía en que el sofá de su casa era la cárcel; él el prisionero y yo el carcelero que tenía que impedir, obviamente, que el preso se fugase. Pues bien: un juego tan estrafalario debió significar para ese niño algo extraordinario: no hay vez que no visite su casa que no acabe jugando, con o sin ganas, al juego de la cárcel. Por más que intento convencerle de que ese juego ya está muy visto, o que estoy muy cansado, o lo que sea, no hay escapatoria. Hay que jugar al juego de la cárcel. Y punto. Pero tendríais que oír reír al niño en pleno juego. La felicidad del universo entero se concentra en sus carcajadas. No hay forma de no reír con él en ese momento supremo de abandono total, de parálisis de todas las esferas del tiempo.

Algún día dejaremos de jugar al juego de la cárcel. Pero de vez en cuando me preguntará: “¿Te acuerdas de cuando era pequeño y jugábamos al juego de la carcel?” Y me lo preguntará como si ya fuese mayor, pero no será mayor aún cuando me pregunte eso. Porque cuando sea mayor de verdad ya no me lo preguntará. Tan solo se acordará, porque el recuerdo de ese juego, de esos momentos de risa y felicidad no se le borrará nunca. Y creo que a mí tampoco.

 

 

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One thought on “El juego de la cárcel

  1. Si no fuera porqué me voy a tomar una cerveza y estoy ya de risa…después de 11 horas delante de un PUTO ordenador me pondría a llorar.Preciós.Perdonad la groseria pero estoy agotada.
    Besitos.

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