Se llamaba Viola

 

Cuando la vi por primera vez y me dijeron su nombre me pareció un nombre bastante feo: Viola. Es un nombre de intrumento musical, pensé. No me pareció bonito para ella. Porque ella era bonita, o más que bonita era hermosa. Blanca, elegante. Tirando a alta, esbelta, de una belleza discreta que pasaba desapercibida a primera vista, pero emergente según estrechabas el trato con ella. Pero ese nombre… Pero bueno, al final los nombres pueden llegar a ser bellos si bellos son sus portadores, y definitívamente Viola era bella.

Bellos eran los paseos por el campo. Viola se mostraba agradable, con cierto carácter, pero siempre dócil, de una moldeabilidad de trato que la hacía encantadora. Nunca se mostró arisca, y con el tiempo llegó a mostrarse dulce.

Dulce se mostró después del primer galope. Mi primer galope. Algo maravilloso: apenas unos minutos, pero de una intensidad y una emoción tremendas. El momento más brillante fué cuando viola cambió el paso de trote a galope, aquel momento en que dejas de sentir el traqueteo incómodo de los pasitos cortos y de repente sientes que una maquinaria muscular enormemente potente se pone en marcha, se produce un cambio de ritmo, más lento, más pausado, más suave, pero sientes el aire en el rostro, y como lo que te rodea se va acercando cada vez más rápido. Corres, correis cada vez más, y sobre la piel de la tierra retumba la furia de los cascos de la bestia. Luchas por no caerte, pero por fin hallas el punto de suspensión en el aire: el caballo corre, tú vuelas.

El galope intenso va iniciando progresivamente su curva descendente. El caballo vuelve brevemente al trote, al paso y finalmente se detiene. Jadea. Viola, sudada, recibió en su cuello mi caricia emocionada. Me correspondió con una caricia de su hocico contra mi pierna. Fue el momento dulce. Y no fue el único, porque en días posteriores mi yegua repitió el mismo gesto.

Yo quería mucho a Viola. La quise tener para siempre, pero no podía ser mía, por razones varias, no demasiado complejas, pero determinantes. Y estaba convencido que Viola me quería, que nos unía un sentimiento parecido y recíproco. Pero llegó un día en que tuve que dejar de estar con ella.

Durante un tiempo aparecía en mis sueños. La montaba de noche, y nunca dejaba de aparecer el momento crucial, el del inicio del galope, el momento esperado, el de máxima emoción. Eran sueños de nostalgia, de añoranza de una yegua que me quería.

Pero no era así. Yo me engañaba. Viola no podía quererme. Un animal noble y libre no puede amar a quien le usurpa su libertad. A quien invade su cuerpo, a quien le subyuga tirando de su boca con un bocado de metal y unas correas. A quien carga su espalda con un peso considerable, a quien impone su cargante presencia, a quien decide el rumbo de sus pasos. No, eso no es nada que merezca el cariño de una yegua, ni de una yegua ni de nadie. Pero nos gusta torcer la naturaleza de los seres. Nos gusta dominar y pasar por encima de lo bello y de lo libre.Y aún así, que ironia, algunos de esos seres no se nos rebelan y aún nos tienen gestos de ternura.

Supongo que ya no galopa por esos campos y bosques. Ha pasado demasiado tiempo, y ya vieja y débil debe estar donde está todo lo mortal. Yo la quise y por eso la recuerdo. Se llamaba Viola. Mi Viola.

 

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3 thoughts on “Se llamaba Viola

  1. Perdona… crec que hi ha un error, suposo que volies dir musica per aquest texte (molt maco per cert):

    “Who’s gonna ride your wild horses” (U2 – Achtung Baby – 1991)

    — Toni —

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