Adelardo Comesopitas

Toda su vida pegado a las faldas de la madre. Unas faldas posesivas, absorventes, paralizantes, castrantes. Adelardo Comesopitas, a sus cincuenta y tantos, empezaba a darse cuenta de que durante toda su vida no había sido más que una especie de animalito de compañía. Especialmente desde que su madre enviudó, cuando tendría él catorce o quinze años, momento en que ella, doña Justina, empezó a hacer y desacer porque su Adelardo fuese alejándose de cualquier ser humano que no fuese ella, su santa madre. Le apartó de los amigos. Del deporte. Incluso de los estudios: por eso Adelardo era un tipo sin formación, sin cultura básica, era un perfecto ignorante en la mayoría de temas de este mundo. Ni tan solo tenía el simple barniz de conocimiento que muchos hombres de su edad tienen, pese a haber pisado muy pocas aulas, gracias a su experiencia laboral, a viajes o a la participación en conversaciones, aunque fuese simplemente escuchando. Con nada de eso contaba Adelardo. Lo más parecido a una capa superficial de conocimiento se lo daba la televisión, especialmente los programas de mediatarde de entretenimiento y chismorreo.

Con los años la madre le fue forjando un carácter raquítico, miedoso, enfermizamente austero, algo mezquino, remilgado, cursi incluso. Era de esos tipos que cuando les sirves vino en seguida dicen que basta, que uy, que con un dedito de nada tienen más que suficiente.

Él y la madre apenas salían: a misa de once los domingos, al colmado los martes y los viernes, a la gestoría una vez al més, y a la cabalgata de reyes una vez al año. Ah, y en Nochebuena a casa del primo de la madre, Anselmo, y Caridad, su señora. En esas cenas solía suceder lo del vino, lo del ay, no, yo soy incapaz de darme un gusto. El resto del tiempo en casa, viendo tele y comiendo sopitas, con la mantita sobre las piernas y la calefacción muy bajita para no gastar.

Habían vivido siempre de las rentas de dos pisos y un local bastante pequeño, herencia del padre y marido. No eran rentas elevadas, pero eran sufucientes como para no vivir con estrecheces, aunque las estrecheces, sin verdadera necesidad, ya se las imponían ellos.

Cuando murió doña Justina, Adelardo se vio solo en el mundo, sin referencia alguna para orientarse de un modo autónomo, sin saber hacia donde ir ni para qué vivir. Se vio incapaz de dar un rumbo distinto a su vida, y por eso pasó varios años haciendo exáctamente lo mismo que cuando vivía su madre pero sin su madre. Hasta que algo pasó, algo coyuntural o fortuíto, quien sabe, pero algo que desató lo que tarde o temprano hubiese acabado por aflorar; el caso es que a Adelardo empezó a llamarle la atención una expresión que no dejaba de repetirse en algunos programas de los que él solía ver: “salir del armario”. A raíz de eso le pareció que empezaba a entender algo de sí mismo y se vió en la necesidad de respirar un poco del aire fresco del mundo que le rodeaba.

Por eso una tarde tomó una de las decisiones más trascendentales de su vida: se fue al cine. Vio una película protagonizada por Rupert Everett. Después de una hora y tres cuartos de absorver planos y más planos del actor en cuestión, se dió cuenta de que en el mundo existía lo bello, y salió del cine con un cosquilleo por la espalda, la nuca y la pelvis. Durante la salida se formó una pequeña cola, y pudo escuchar la conversación de dos hombres, un poco más jóvenes que él, comentando el talento de Everett. Se enteró de que existía un proyecto cinematográfico, una película donde el protagonista, el mítico personaje de James Bond, tenía que ser un James Bond gay, y que el papel ya había sido asignado a Rupert, pero que ninguna productora americana importante se atrevía a producir tal proyecto. Adelardo, fascinado por todo lo que estaba oyendo, se vio siguiendo a esa pareja por la calle. Los dos hombres se metieron en un bar y se sentaron en la barra, donde siguieron hablando. Adelardo, tras ellos, se sentó también en un taburete a una distancia prudencial. Siguió escuchando lo que hablaban, entre fascinado e incómodo, mientras notaba que sus cosquilleos iban en aumento.

Al cabo, uno de los dos hombres se fue. El otro siguió en la barra, tomando su gintónic. En un momento dado se percató de las miradas huidizas de Adelardo. Se giró hacia él y entablaron conversación. Nuestro comesopitas sintió estar como en una nube. Pero cuando al cabo de un buen rato su contertulio le pidió su teléfono, con el propósito de repetir el agradable rato de charla cualquier otro día, a Adelardo le invadió toda su radical naturaleza comesopil, se vio invadido y paralizado por su sentido estúpidamente autorepresivo de la vida y contestó que él no tenía teléfono de ningún tipo, ni fijo, ni móvil, ni giratorio ni volador. Vio emerger claramente a la figura de doña Justina por detrás de la cabeza de ese señor, mostrándole con gesto severo una pastilla de Avecrem e indicándole el camino hacia la puerta del bar y hacia casa.

Esa noche Adelardo Comesopitas tuvo una terrible pesadilla: soñó que profanaba el sepulcro de su madre, cogía sus huesos, los esparcía por todas partes y pintaba con espray “justina bruja” en una pared. Cogía el espinazo y la cabeza de la vieja y los echaba en un caldero gigante donde hervía un caldo negruzco, caldo en el que acabó por meter la cabeza hasta ahogarse.

La tarde del día siguiente volvió a ese bar. Esperó dos horas. No apareció. Tomó una servilleta de papel y anotó una cifra que empezaba por 93. Encima escribió su nombre. Solo el nombre. Se la entregó al camarero que servía tras la barra, pidiéndole por favor si sería tan amable de darle ese papel al señor del otro día, ese de los ojos bonitos, tan bonitos o más que los de su actor favorito.

 

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One thought on “Adelardo Comesopitas

  1. Molt bo.No és original perquè estic convençuda que existeixen milions d’Adelardos però és just.Interessant.Engrescador.Felicitats.

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