Andaba el hippy

Mediodía. Barrio barcelonés de variada fauna urbana. Andaba el hippy calle arriba, con su guitarra. Había estado toda la mañana obsequiando a los transeuntes con sus canciones poppy de letra profunda, del tipo “I am you, you are me, we are freeeeeeeeee…” Era hora ya de ir a casa y prepararse un té, sentarse en el suelo sobre una alfombrita de esparto, captar los buenos karmas del ambiente y hacer un poco de ommm. Entretanto andaba calle arriba, colgado de su nube particular.

De repente, calle abajo, corre un tipo. Un punkarra con pantalones de super-pitillo, botas militares, camiseta imperio, alguna cadena, craneo entre rapado y crestil, rostro fiero atravesado de metales varios, sucio todo él. Bajaba corriendo a toda velocidad, en su mano derecha una botella de Jack Daniel’s con precinto. Pasa al lado del hippy, que le ve alejarse. Vuelve la cabeza el hippy y ve salir de un portal a unos pakis que miran calle abajo como el punkarra se va. Son dos: uno alto y otro bajo, con su pelo liso, sus camisas de toda la vida, su piel olivácea, su cabeza algo plana. Ven al punkarra alejarse con su botín de guerra conta el kapital. Lo ven desde la puerta de su comercio, sin inmutarse, haciendo gala de la proverbial tranquilidad oriental.

Algunos transeúntes, inquietos, se dirigen a los pakis: “¿Os la ha robado?¿Os la ha robado?” Los pakis no responden. Solo miran calle abajo.

Se vuelve a girar el hippy. Ve al punkarra como, al intentar doblar la primera esquina, choca espectacularmente con otro antisistema, este más de diseño, con rastas de peluquería, pantalón abombachado, mochila Quechua y zapatos Timberland. Van los dos por el suelo, con estrépito. El punkarra cae de espaldas a la calzada de la calle, obligando a un automóvil a frenar bruscamente. Lo peor: la botella de Jack Daniel’s se hace añicos, y su preciado contenido de esparce por el sucio asfalto. El punkarra se levanta, furioso. Propina una patada al coche, abollándole la puerta. La conductora, con el terror en los ojos, pone primera y se va. También se va por patas el otro colega. El punkarra mira el charco, se agita a si mismo con rabia, y exclama “¡hijos de putaaaaa!” Y acto seguido se agacha y empieza a lamer el whisky, cual perro sediento, cual cínico Diógenes -cínico en sentido antiguo- cuando se fue al río a beber.

Los pakis no se han perdido detalle. Pero ya tienen bastante. Sin inmutarse demasiado se meten otra vez en su comercio abierto todo el día, vigilias y festivos. El hippy se cuelga de nuevo de su nube y sigue su marcha, calle arriba.

 

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4 thoughts on “Andaba el hippy

  1. Ostia Jaume!! Collons aquí l’unica que pringa és la pobre conductora del cotxe, que la reparació de la patada li costarà més que no pas l’ampolla de whisky cínic…

  2. ¿Como es eso de que te dedicas a la expresión artística?
    Especifique usted, por favor…
    ¿Ilustra?
    Retoma tu escritura, por Dios y por la Virgen, que eso es dificilísimo dejarlo cuando se ha probado. Y enseña siempre la punta del iceberg, que no del…

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