Puertas

 

Podría hablar de bolígrafos que no escriben, de tuberías atascadas, de zapatos que rozan y duelen. De objetos del día a día que no funcionan como deberían y que fastidian un poco. De pequeños trocitos de cosas que de repente se te clavan en la planta del pie y te hacen daño al andar. O peor si se te clavan en el alma y encima crecen. Podría hablar de todo esto. De lámparas que no alumbran, de módems que no conectan, de sábados sin sol, de niños sin sonrisa. Pero no lo voy a hacer. Porque hoy toca hablar de puertas.

Es raro que una puerta no funcione. Creo que una puerta es de los objetos que menos se estropean. Ni punto de comparación con las persianas o las lavadoras. La puerta, más o menos, suele funcionar razonablemente bien en cualquiera de sus dos sentidos. Es importante lo de los dos sentidos, después veremos porqué.

Hay gente que llama a tu puerta y espera. Se presentan con la mirada límpia y con una rosa en la mano. Te llenan la casa de risas y de alegría. Te retiran los cascos de cerveza vacíos de la mesa del comedor y los tiran a la basura. Cambian las sábanas de tu cama y aún les queda cariño para mecer tu siesta. Te cuentan, y en la musiquita de su voz te vuelves bueno, y de la curva de su espalda te colgarías para siempre. Y cuando se van te recuerdan que en la nevera tienes descongelada una pechuga de pollo. Benditas gentes, benditos ángeles del cielo.

Otros entran sin llamar. Se presentan sin nada. Cogen prestado tu CD de Miles Davis, el mítico Kind of blue, te piden que les pongas algo de picar. Te sueltan su rollo, te lloran. Chafardean por toda tu casa. Te dicen cuanto te quieren. En más de un momento parece que se les vaya a escapar un juramento de amor eterno. Descubren la combinación de tu caja fuerte. Se beben tu vino y se van sin despedirse, a la francesa. Me disgustan un poco. Bueno, admito que yo he sido de esos en alguna ocasión.

Otros se cuelan por una rendija, esa rendija que no sabes bien porqué dejaste ahí. Bueno, sí lo sabes. La dejaste porque por la mirilla les viste merodear dos calles más abajo, y te fascinó pensar que llegasen hasta tu puerta y se colasen. Habrías muerto de decepción si no lo hubiesen hecho. Y ahí están. Y su presencia te produce vértigo, porque por su presencia ya no reconoces a ninguna de tus cosas, hacen que confundas todos tus objetos, paralizan todos tus relojes. Seres de un magnetismo frío, pero capaz de alterar la polaridad de tu brújula si es que algún día tuviste alguna. Y eso simplemente estando, estando y nada más. Pero te aterra pensar en el momento en que se vayan. Porque sabes que se irán, tarde o temprano, llevándose tu albornoz, el termostato de tu calefacción, el calendario de tu cocina, y sabes que ya no volverás a comer caliente en años.

Por esas puertas entran, por esas mismas se van. Por la tuya, por la mía. En mi caso, tan solo os digo, a algunos, que volvais cuando querais. Mis puertas estarán abiertas de par en par. A otros, os prometo que si no veis la puerta abierta no la habré cerrado con llave, ni cambiado la cerradura, ni nada parecido. Eso sí, por favor, llamad. I a los demás… os diria que no volvieseis, pero no, no os lo voy a decir. Tan solo os pido que la próxima vez no me robeis nada.

 

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One thought on “Puertas

  1. Tenía este texto en la recámara desde hacía varias semanas, pero dudaba. Me lo quería quitar de encima, pero dudaba.
    Ya está, ya es efímero.

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