Adiós, muchachos

 

No duerme, no descansa. Su fuerza es colosal, es absoluta. No hay más fuerza que su fuerza. Es invisible y siempre está ahí. Lo mueve todo y solo él sabe hacia donde. Se llama Devenir.

Le gusta ocultarse. Hay que estar muy atento para notar alguna traza de su presencia, apenas notamos su leve soplo cuando roza nuestra mejilla. Además, es bromista y hasta malicioso. Le gusta confundirnos. Introduce en la baraja de nuestro juego una carta falsa, pero que para nosotros es la carta clave, la que nos va a permitir cerrar la jugada maestra que nos lleve a todas las victorias. Ese comodín espúreo, falso como los hologramas y los sueños, esa carta de mentira se llama Libertad. Sí, Libertad, esa sensacional broma que nos gasta nuestro irónico colega.

Hoy pienso en vosotros, muchachos. Curiosamente, en poco espacio de tiempo, los tres me habeis dicho lo mismo: que os vais. Y me lo habeis dicho medio en secreto, con una sonrisa en los labios, pero con un punto de tristeza y derrota. Las cosas no han ido como esperabais i os vais.

Hay un momento en nuestra vida en que estamos absolutamente convencidos que podemos con todo. Que nos vamos a comer el mundo. Que lo grande es lo que merecemos, y que no hay puerta que no pueda abrirse con nuestra llave maestra. Pero pasa el tiempo, gira la galaxia, camina el Devenir con sus pasos firmes y nos damos cuenta de que la llave no era mágica y de que los sueños se alejan como aves de paso. Sí, nos quisimos comer el mundo. Y cuidado, quizás el mundo no se nos comió a nosotros, pero nos dejo, bien seguro, las indelebles marcas de nuestros propios límites tatuadas a fuego sobre la piel.

Muchachos, os vais. Porque siempre nos queda el partir. Porque aún pensais que todo es tan fácil como dar golpes de timón y cambiar de rumbo siempre en busca de horizontes más perfectos, de mediodías más luminosos, de cielos más azules y de melodías más bellas. Que todo es tan fácil como decir “me voy”.

Mucha suerte, amigos, pero pensad siempre que, allí a donde vamos, vamos siempre de la mano del Devenir, nuestro absoluto Amo y Señor. Por eso sed buenos vasallos. Blandid vuestras espadas con gracia y talento, que esto nadie duda que lo teneis. Haced que brille el metal noble de vuestras almas, vuestro bronce y plata casi oro. Y suerte, por encima de todo.

Os vais, y no sé si os envidio. Puede que un poco sí. Quizás ayer. Pero hoy creo que no. A ver mañana.

 

Coda: Os envidio la mágia del viaje a ninguna parte. A mi también me seduce. No os envidio porque a veces me habla, de noche, el Dios de las Pequeñas Cosas.

Mi Infierno, mi Cielo. Y entremedio de esos dos, un Limbo irreal.

 

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2 thoughts on “Adiós, muchachos

  1. Només hi ha una veritat: la mort. Ser conscient de que un dia desapareixaré de la terra, que l’ésser més estimat desapareixerà de la terra, aquesta evidència i només aquesta és la que m’ajuda a ser feliç, a no donar importància a moltes coses, a no enfadar-me per moltes coses que no tenen importància, a perdonar, a comprendre, a preferir les coses petites, que són tan grans…

  2. Doncs de debò que aquest punt de plenitud és envejable.
    Violant, gràcies per seguir venint i enriquint aquest espai amb les teves reflexions i aportacions.

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