Historia de Víctor (y Laura)

 

El presidente del tribunal hizo el gesto correspondiente. Víctor hizo un último movimiento de hombros, y su mente se agarró con fuerza al punto de concentración necesario. El momento había llegado, ese momento temido y deseado. Ante sí, el vacío, un vacío seco y hondo. En nada, el salto. Y ya no habría vuelta atrás.

Así sucedió. Sin saber quien les dio la orden, sus manos atacaron con fuerza el primer acorde de la sonata. Juntas al principio, con sus diez dedos respondiendo como uno solo, rápidamente separaron sus funciones, la derecha arpegiando, la izquierda asentando los pilares armónicos de la pieza. Notó bajo sus dedos la perfección de aquel piano Steinway, y sintió que favorecía el vuelo de su mano derecha. Estaba tocando. Estaba viviendo el momento tantas veces previsualizado, tantas veces vivido de antemano. Ese momento que justificaba todo un guión previo de sacrificios y renuncias. Aprovechando la facilidad extraordinaria que le ofrecia aquel teclado, prodigiosamente contrapesado, cayo en la tentación de dar una redondez particular a los pasajes, pero en seguida dio marcha atrás: no podía contravenir ningún canon interpretativo, ninguno, absolutamente ninguno. Sintió terror al pensar que el tribunal podía haber percibido su brevísimo desliz. Siguió, hasta completar el desarrollo de la primera parte de la pieza, que resolvía en otra menos  comprometida técnicamente.

Fluía la música, esa sonata cien mil veces ensayada y perfeccionada, esa sonata que parecía tener vida propia . Quizás por eso en su mente quedaban espacios libres que le permitían pensar en paralelo mientras la interpretaba.

Recordó las reprimendas de su profesor. “Nunca obtendrás el título, nunca aprovarás el grado superior si no te disciplinas, si no frenas tus ansias de poner tanto de tí en las obras. Las obras ya lo tienen todo, no necesitan de lo que tú les pongas”. Recordó con qué dureza fue tratado cuando defendió, en una clase colectiva en un seminario de interpretación en Praga, que el intérprete siempre tiene que tener libertad ante la partitura, puesto que esta no consiste en más que una serie de manchas de tinta sobre un papel, signos inanimados, absolutamente muertos. El maestro esloveno que impartía la clase se sintió cuestionado, y le reprendió muy enérgicamente. Le dijo que cuestionandole a él estaba cuestionando a su vez a los diez grandes maestros que a él le habían formado, y a otros tantos diez detrás de cada uno de esos. Que él no era nadie para cuestionar el peso de la tradición. Que la excelencia empieza con la humildad.

Seguía tocando, pero ya no era él quien lo estaba haciendo. Era la carga de normas y pautas, rígidas y severas, que durante tantos años le habían sido inculcadas. Sintió que, definitivamente, el día de su examen final, no interpretaba. Puramente, reproducía.

Sus dedos, maquinalmente, abordaron el segundo momento de máximo compromiso. A la perfección. Pero una perfección sin instinto, sin alma, completamente castrada y sin verdad. Sus dedos pulsaban con precisión de reloj, pero en su cabeza el piano fue perdiendo la voz hasta callarse por completo. De pronto, un nuevo timbre invadió su mente: podía oir perfectamente una nueva presencia sonora, dulcemente familiar, la de un violín, y no de uno cualquiera, sino la del violín de Laura. Vió a Laura, esa chica grácil, muy flaquita, de una flaqueza casi enfermiza, pero adorable por su rebose de finura y sensibilidad. Laura, junco esvelto, sentada en los peldaños de la escalera que conducía a las aulas del viejo conservatorio. Allí esperaba siempre a que llegase la hora de inicio de su clase. Vió sus ojos azul-mágico, cuando se miraban furtivamente y en silencio, porque él también esperaba su hora a la misma hora, y siempre se situaba en el mismo rincón, en el rellano final de esas escaleras. Los ojos de Laura, los que aquella tarde de lluvia, en el café de al lado del conservatorio se lo decían todo sin casi decir palabra.

La sonata llegaba a su parte final. Y surgió el imprevisto: el temido agarrotamiento en los tendones de la mano derecha, que le producía un dolor intenso. Tocar con dolor, siempre lo había odiado. Pero había que seguir. Y siguió.

La primera vez que oyó tocar a Laura se conmovió. Le pareció que aquel violín tenía alma, y que tan pronto reía como lloraba. Algo parecido a lo que había en la voz de Laura, aquella tarde de lluvia y café en el bar de al lado del conservatorio, cuando ella le insinuó que quizás podrían compartir algo más que miradas en una escalera, que cafés en días de lluvia. Se horrorizó, se maldijo mil veces cuando oyó a su propia voz, su torpe y exasperante voz en aquel funesto momento en que no tuvo otra ocurrencia que decirle que no era buena idea, que la música no les dejaba suficiente tiempo, que debían consagrarse por completo a la música y a su estudio. El azul en los ojos de Laura, de repente, velados por un destello fugaz de decepción.

Estaba atacando ya, casi sin darse cuenta, el forte final. Como un autómata. Como un juego de péndulos regido por la ley del flujo y el reflujo ciego de la fuerza de la gravedad.

Y más palabras punzantes en su mente. Las palabras de aquel pianista ciego, fanático perdido por Thelonius Monk, cuando le preguntó: “Pero por tu cabeza pasan los grados de la progresión armónica cuando tocas una pieza?” Su sí embustero. Amargamente mentiroso. Jamás vio estructura armónica en las piezas que tocaba, solo hileras de notas, una monstruosa hilera de notas fuertemente regulada por los indicadores de dinámico. Solo eso.

Y llegó la cadencia final, y con ella el sabor amargo de sentir que definitivamente, el suyo, era un cerebro amusical.

Laura esa tarde. La tarde en que él le pensaba decir que quizás sí, que porqué no. Que porqué no intentar compartir algo más que miradas en una escalera y cafés en una tarde de lluvia. Esa tarde, la de la inesperada noticia. De la gran noticia, la de la beca de dos años en Salzburg para Laura. Qué bien, Laura, me alegro tanto por ti… Pues gracias, Víctor, y nada, que tengas suerte en el exámen final. Sí, tu también. Adiós, Laura, Adiós, Víctor, cuidate mucho. Adíós, hasta siempre.

El presidente del tribunal le indicó que podía retirarse, medió medios gestos y breves palabras por lo bajo con el resto de miembros del tribunal. Tomó su lápiz y anotó algo así como: Calificación: Sobresaliente.

Veinte días después de su examen final, una mañana de finales de junio, Víctor fue al conservatorio. Volvió a su casa con el título de Grado Superior bajo el brazo. Ese mediodía comió sin prisas, tranquilo de espíritu. Terminó su postre, se levantó de la mesa y se acercó a su piano. Cerró su tapa con llave, y salió a dar un largo paseo. Sus pasos le llevaron hasta el río. Subió al puente, y en su mitad se detuvo. Miró a lo lejos, donde aquel formidable caudal líquido desaparecía de su vista. Sacó de su bolsillo derecho la llave de su piano y la arrojó al agua, bien lejos, con todas sus fuerzas.

 

Música para el texto: Preludio nº 16, Frédéric Chopin

 

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3 thoughts on “Historia de Víctor (y Laura)

  1. Pel poc que sé fins ara, ma semblat entreveure-hi un trasfons fins a cert punt “nietzschià”. M’agradat molt el text, sobretot la part on descriu la primera sensació que té quan comença a interpretar la peça. Jo no he tocat mai, però certament el text té una càrrega tan gran que sembla que ho estigui vivint jo mateixa amb la sensació de tenir el piano davant meu i de que se me’n van els propis dits sols.
    És dificil provocar aquest sentiment en el lector i tu ho has fet sense cap esforç.
    Bé, ho deixo per avui que en teoria hauria d’estar estudiant. Una abraçada de les de sempre 🙂

    Quant al meu “futur”, un amic em va recomanar un llibre que, pel poc temps que he tingut de anar-lo llegint, sembla força interessant. Es titula “Más Platón y menos Prozac”, suposu que en podré treure alguna conclusió encertada. De totes formes, ja t’aniré contant, i més si hi ha algo de nou en tot això.

    Ara sii, molt petons!

  2. P.D. Espero llegir aviat el text del que em parles, la veritat que en tic moltes ganes :). Potser em dona una alegria i tot en mig d’aquets dies tan rars. Petonss.

  3. Hola, Dreams. Doncs no he llegit el llibre de què em parles, però se n’ha parlat molt. Hi ha hagut, fins fa poc, una tendència a utilitzar la filosofía amb fins comercials amb molts llibres dels autoanomenats d’autoajuda, però sembla que el que recomanes no va per aquí. Jo recomano una obra molt interessant, malgrat que força “mediàtica”. Es diu “El consol de la Filosofia”, i l’autor es diu Alain de Botton, anglès, encara que no ho sembli. aquí queda.
    Una abraçada, i aviat llegiràs.

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