Los errores de Leopoldo

 

Leopoldo Gomina. Gomina Repeinado. Leo, para los amigos. Bueno, en general, para los conocidos.

Leopoldo -Leo- va por la vida pisando fuerte. Por eso a día de hoy ya se le puede considerar un triunfador. Porque Leo no tiene un pelo de tonto, pese a que a veces comete algún error.

Ya de jovencito dio con la técnica perfecta para ir escalando puestos en el ránquing de los ganadores: la eficaz convinación de lameteo y pisotón. Lameteando aquí, pisoteando allá, comprovó que ningun peldaño se le resistía.

Y a base de técnica, tiempo y paciencia Leo triunfó, es decir, amasó dinerito. Gracias a todo lo dicho, y gracias a tocar mucho dinero ajeno. No, no estoy insinuando que sea un mangui, él tan solo gestiona, administra, hace circular. Vende, en el fondo vende. Y vende sin ningún escrúpulo, vende lápices a los necios, vende humo a los desesperanzados. Pero él piensa que no es problema suyo si hay tanto perdedor en este mundo. Que se lo hubiesen montado mejor. Así, como se lo ha montado él.

A Leo no le da ningún reparo mirar frente e frente el rostro roto de la gente de la que vive. De toda esa legión de incautos e infelices capaces de vender a una madre por otra copa. Su corazón por un mal euro, su dignidad por otra vuelta de ruleta. Eh, un respeto. Son los clientes de Leo. Que no insinue nadie que de ellos vive. Al contrario, él vive para ellos. Por ellos derrama el sudor de su bronceada frente. Les da lo que le piden. ¿Qué hay de malo?

Encima, Leo está de buen ver, pese a alguna cana muy bien llevada. Por él babean un sinfín de mujeres de todas las edades, estatus, tonos de tinte y longitudes de tacón. Es jefe de manada, desprende fragancia de hombre duro y sabe castigar. Incluso las que dicen -mentira- “no es mi tipo” matarían por beber el vino de su copa, por nadar en su piscina, aún bajo riesgo de acabar luciendo lustrosa cornamenta.

Leo se siente el hombre más listo del mundo. Y quiere seguir escalando. Cuando se le calienta la boca suelta auténticos misiles contra gays y moros. Ya el súmmum es cuando le da por hablar de su gran proyecto: el salto a la política. Quiere ser como Sarkozy.

Este es nuestro hombre, Leopoldo Gomina Repeinado. Paladín del triunfo.

Aunque sinceramente, hay algo en lo que se equivoca.

Leo, yo te aprecio. No soy como tú, pero nos conocemos desde pequeños. Soy tu amigo, no creas que te juzgo. Así es el mundo, lo sé, como lo sabes tú y todo dios que ya tenga unos añitos. Pero es que cometes un error. Si no te sabe mal, te diré cual.

Mira, tu confundes el hecho de que las cosas te hayan salido como tú querías con el hecho de ser más listo que los demás. Lo sé por cosas que dices y por como te mueves últimamente, que vas borracho de éxito.Y ahí te equivocas. Hay un montón de gente muchísimo más lista que tú, pero que si no están donde tú es porque sencillamente tu concepción del éxito les da risa. No les interesa, para que me entiendas. Si tu tajada es suculenta, ellos hubiesen podido sacar el doble con la mitad de esfuerzo valiéndose de tus mismas armas. Pero no les seducen. No las consideran armas nobles. Hay más gente de la que tu crees que te podría doctorar en picaresca y triquiñuela, en lameteo, pisotón y éxito, pero que les da asco jugar a este juego. Por eso no les subestimes. Tu suerte es que están dispersos por ahí, ocupados en mil historias que nada tienen que ver con lo tuyo. Posiblemente dedicándose a cosas tan poco lucrativas como la papiroflexia, la rehabilitación de enfermos, el estudio de la abeja. Quizás estén podando cipreses, afinando mandolinas, contando estrellas. Quizás estén cultivando hortensias, o intentando perfeccionar la cuchara común.

No es que sean tontos, Leo. Es que ser tan listos para tan poca cosa como lo tuyo les parece perder el tiempo.

Acuérdate de lo que te pasó hace nada. Resulta que uno de tus rivales potenciales no estaba entretenido haciendo crucigramas en la arena de la playa. Ese estaba en tu misma órbita, en tu misma esfera planetaria. Ese quería lo mismo que tú. Subestimastes a ese tipo. Error. Ahí te equivocaste. Y ese tipo te relamió bien relamido mucho mejor de lo que lo haces tú. No le supistes ver venir, tan a gusto como estabas nadando el los mares de su adulación. Total, que cuando menos te lo esperabas te dió el pisotón de tu vida. Sin piedad, como es debido.

Ahí te dieron una lección. Ahora ya sabes que los huesos del descalabro más fuerte crujen de cuanto más arriba caen. Pero bueno, aquello ya pasó. Y como en el fondo eres listo y gato viejo, tampoco saliste mal parado del todo. Pero te fue de un pelímetro, admítelo.

Esa noche te aflojaste el nudo de la corbata y bebiste, algo más que de costumbre. Al volver a casa te dió por importunar a un vagabundo que dormía bajo cartones, en un portal de Plaza Cataluña. Te emperrastes en que te contase su historia, y que le darías lo que te quedase en la billetera. Tan impertinente te pusistes, porque de borracho te pones muy pesado, que el pobre hombre te acabó haciendo caso. Y te sorprendistes. Pensabas que su historia en nada se parecería a la tuya. Y en eso también te equivocastes.

 

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