Crimen y castigo

 

Crímen y castigo es una obra extensa, de lectura paciente, aunque no difícil. La trama es simple, por lo que solo requiere la calma necesaria para que la profundidad psicológica de los personajes vaya calando poco a poco en el lector. Es justamente en este colosal despliegue de profundidad psicológica donde el autor, Fiódor Dostoievski, demuestra su enorme grandeza como escritor.

Especialmente impresionante es el resultado que Dostoievski consigue con su personaje central, Rodión Románovich, o Raskólnikov, como es mencionado durante toda la historia. Raskólnikov es un personaje complejísimo, rara mezcla de bondad y cinismo, de fe en lo humano y de nihilismo atroz, de insensibilidad hacia el amor de los que le rodean combinado con un altruismo conmovedor. Oscuro e introvertido, parece como si su obsesión fundamental fuese la de redimir todo el sufrimiento humano, circunstancia que le lleva, paradójicamente, a cometer un asesinato doble, un crímen brutal, absurdo y justificado a su vez. Ahí está de nuevo la contradicción, perfectamente manejada por el autor.

La forma como Raskólnikov afronta su circunstancia es lo que engrandece al personaje, pero sobretodo, insisto, la forma como el autor es capaz de mostrar con toda minuciosidad cada rincón del fuero interno del asesino; aunque “asesino” no es palabra adecuada para referirnos a Raskólnikov. En ningún momento vemos a Raskólnikov como a tal. Las razones por las cuales Raskólnikov mata son de una índole tan particular que transcienden al sentido habitual del término. Ahí Dostoievski consigue algo parecido a lo que Albert Camús conseguirá, casi un siglo más tarde, con su novela El extranjero: que un asesino no parezca un asesino. De hecho, el fondo existencialista que subyace en toda la obra es evidente. Refuerza esta tesis la profundidad espectacular del personaje de Svidrigáilov, el amoral libertino, desaprensivo y depravado, cuyo perfil plano al principio de la trama cambia por completo hacia el final, para desplegarse con toda su riqueza de matices. Lo mismo pasa con Sonia Marmeládova, la joven prostituta que desde su austeridad psicológica tomará un papel clave debido a la fuerza de su determinación y de sus sentimientos.

Como siempre, una obra maestra también acaba por ser el retrato de un tiempo y un lugar concreto, en este caso de la ciudad de San Petersburgo de mediados del siglo XIX, un cuadro preciso de vejación, asfixia moral, pobreza e injusticia social, perfectamente encarnado en la sobrecogedora figura de Katerina Ivánovna y su sorda lucha por la dignidad personal.

Quizás en un plano más discreto pero no menos interesantes hallamos a Advotia Románovna -Dunia-, hermana de Raskólnikov, heroína a su modo en defensa de su dignidad como mujer, y a Porfiri Petróvich, el anodino pero eficiente funcionario de policía, personaje que representa la objetividad de la ley en su plano real, en cierto modo un contrapunto necesario a la dimensión moral, subjetiva que domina toda la historia.

No es lectura de verano, para los que crean que este tipo de literatura existe. No es una novela de las que se devoran. Es de digestión lenta, pero en serio que es de las que calan.

 

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