Andalucía (yII)

 

Breve periplo

 

Todos tenemos la retina alicatada con postales de algún lado. Este viajero la tiene con postales del frío, de soles pálidos; de canales y cielos grises, lenguas distantes de antiguos bárbaros. Norte puro, transpirenaico, transalpino, de borrascas espesas como la espuma de la cerveza rubia. Cargado de Norte hoy se halla, por extrañas carambolas de la vida, en el Sur.

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Sevilla le recibe con un espejismo de confort térmico: 23º a las nueve de la mañana. Gloria divina para la piel del caluroso. Pero en cuatro horas mal contadas el mercurio salta hasta los 40º. Y aún hay márgen para más. Por ello, la sombra se convierte en la única alternativa razonable. Comida: pescá y lomo. Y en la mente el enigma de qué será la “pringá casera”, ya que hay un cartel que aconseja pedirla (según reza, “está muy rica”).

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Dejando atrás la ciudad, al viajero le aborda un paisaje plano, tímidamente ondulante, de un grana y un ocre pálidos, terrosos, casi polvorientos. Palmeras esporádicas nos recuerdan que África está a dos pasos. Campos de girasoles literalmente abrasados, negruzcos y perplejos ante su propio desarreglo facial. En el Sur parece que todo va más lento, pero los paisajes van cambiando a un ritmo inesperado. Y al viajero, pronto, le sumergirán en un paisaje nuevo.

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Sucesión interminable de dehesas. Verjas que guardan fincas, pilastras blancas de cal. Toros y árboles de copa verde oscuro. El sol sigue perforando la cortinita del vehículo de la red “Transportes públicos de Andalucía”, y el viajero siente derretirse, pese a sus sueños de aire acondicionado.

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Muy amable un señor. Insoportable una señora. Duquesa de Su Casa, posiblemente. No sabe decir “por favor”, y se las tiene que componer sola con el respaldo atrancado. No, una Duquesa no viaja en autocar. Ni despacha los trapos sucios de media provincia con el conductor o con el jubilado de rostro sonriente. Mirada cómplice de una ancianita dulce. Por fin se apea la Señorona, en Aracena, donde el paisaje hace rato que ha vuelto a cambiar.

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Valles y más valles. Valles de profundidad moderada, pero valles en toda regla. Valles hasta lo más lejano que la vista abarca, salpicados de pueblecitos blancos. Todo envuelto en un aire que hierve y ondea lo visible. Serpentea el camino, y parece que nunca va a terminar. Pero termina en Almonaster, cuna del fandango. Espectacular fortaleza árabe en lo alto de una colina. Y fin del trayecto.

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Piensa el viajero en el nobre de las cosas. Intuye que Andalucía es un nombre largo aunque breve por lo mucho que seguramente tiene que abarcar. Que se queda corto ante tanta inmensidad.

 

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