Diario de Nekorb (II)

 

No lo conseguí. Pensaba que sería fácil, pero no lo fue. Pensaba que vaciar un cargador a bocajarro tenía que ser tan sencillo como comerse un helado de cucurucho, pero no.

Mi Brno-CZ 75 no llega a los 900 gramos de peso. Menos de un kilo. Por eso practiqué toda la tarde con un tetrabrik de zumo de tomate sostenido por mi brazo extendido en ángulo recto. Si podía aguantar tanto rato un kilo de peso, podría sin problemas aguantar 900 gramos de nada durante 10 segundos, pero no fue bien la cosa. No por el peso, sinó por desconcentración mental.

Le apunté. Cuando se vió encañonado no se alteró, sabía que ese momento era un momento necesario, deseado. Pero su honda pena me desconcentró, me conmovió. Me miraba con sus ojos húmedecidos de gratitud y dolor. Es obvio que no quería morir, pero al mismo tiempo me pedía que acabase con él de una vez. Tal contradicción me pudo. Temblé, y en vez de esperar a que mi pulso se calmase empecé a disparar cuando mi mano parecía ya una hoja en el viento otoñal. Fallé todos los ocho primeros disparos, la pistola se movía endiabladamente, y por más que cerraba fuerte el puño que rodeaba la culata aquello era un festival de despropósitos balísticos. Incluso temí que alguna bala me salpicase a mí.

Ante aquella orgía de fuego, mi Ego sintió terror. Se dio media vuelta y huyó despavorido. No, ciertamente no tenía valor para morir, almenos ese día. Ante su cobarde retirada, sentí que más que nunca le debía el tiro definitivo. Apunté, y disparé. Le dí en plena espalda. Cayó fulminado. Pero al cabo se levantó, y como pudo prosiguió su huída. Pensé en disparar de nuevo y rematarle, pero no lo hice. No por compasión, no soy un ser compasivo. Odio la compasión. La compasión es un invento propio de la moral de los débiles. Sencillamente pensé que si le dejaba vivo su agonía sería más dolorosa que si le fundía con un tiro de gracia. Se merecía sufrir. Por cobarde.

A día de hoy debe estar fuera de circulación. A no ser que algún buen samaritano le haya recogido y salvado de su situación. Esto ya ni lo sé ni me importa. Para mí ya no existe.

Lo que me fastidia es tener que reconocer que aún tengo mucho que mejorar con el arma. Estoy algo frustrado, pero ya se me pasará.

Hoy el gran Nekorb está tranquilo. Incluso ha puesto la radio para ver qué se cuece por este mundo de monos. Ha pillado el noticiario de las dos. Reconciliación nacional en Zimbabue. Las dos facciones opuestas han decidido hacer su camino en paz común, decía el presidente Mugabe. Mentira todo. Es solo que se han dado cuenta que si un bando extermina al otro después se quedará sin nadie sobre quien arrojar su odio. Las facciones opuestas se odian, por eso son opuestas. El odio les da su razón de ser, y por eso se necesitan. Qué más: lunes negro en Wall Street, pánico financiero. Horror en el hipermercado del humo económico, humo sin valor más que el valor que nos han dicho que tiene y que hemos creído que es un valor real. Pero al final nada, el Banco Mundial ha inyectado una morterada de millones de dólares y aquí paz y después gloria. Aún está lejos el día en que asistamos al rebiente definitivo, espectacular, total. El sistema sigue con su mala salud de hierro. Leves resfriados especulativos. Fuck you, capitalism. Punto.

Escribir. Escribir y pensar. Ahora ya no hay mucho más, a parte de esperar mi primer caso, un caso que se resiste a llegar, pero aguardaré. Hoy lo dejo.

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Han pasado días, y el caso no llega. Así que Nekorb toma una decisión: si la montaña no va a Mahoma, Mahoma tendrá que ir a la montaña. Gastadísima frase, pero siempre resultona. Nekorb en busca de casos.

Saldré de noche. Mi blanca piel de ex-rata mutada brillará bajo la luz de los neones decadentes. En antros y bares hallaré al desconocido/da que me servirá para foguearme en la resolución de casos de complicado intríngulis existencial. Yo me acercaré al susodicho/cha y con rostro angelical romperé su momentanea soledad. “Cuéntame tu historia”, así le entraré. “Esfúmate”, así me responderá. Me iré, pero al final hallaré mi presa.

Me contará los motivos de su infelicidad. O sobre qué bases asienta su felicidad, si es que la tiene. La gente hoy en día se engaña mucho, pocos reconocen ser infelices, casi todos te venden su propia mentira pretendiéndo que te la creas a pies juntillas. Pero yo detecto la verdad con solo mirar a los ojos de alguien. A mí no me engañan los felices de pacotilla. “Cuéntame tu historia” (entiéndase: véndeme tu mentira), les espetaré. Escucharé atentamente, y juzgaré. Juzgaré si hay chicha, si hay pulso, temple. O si tan solo hay plástico reciclado a base de mil excusas. En este caso los 9 milímetros de calibre harán el resto.

No sé si captais el plan: para conseguir un mundo feliz es necesario eliminar a los infelices enfermizos y a los felices de incubadora. Uno por uno. No veo otra solución. Sí, este puede ser un buen caso. Mejor dicho: este va a ser El Caso. Ya os iré contando.

Os quiere,

NEKORB

 

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