Diario de Nekorb (III)

 

Vaya por delante que Nekorb está en crisis. Una crisis profunda, aunque espero que pasajera. Intuyo los motivos. Miento, sé perfectamente los motivos.

Me pasé toda aquella noche armándome de valor. Más que de valor, de convencimiento. Para eliminar a gente por el bien de un ideal superior la clave está ahí, en el convencimiento de que el fin justifica los medios. Eso es lo que paradójicamente nos ha transmitido este adorable sistema económico en el que nos hemos criado todos los que movemos un poco la colita en Internet, los que ya nacimos con televisor en casa. Ridículos reductos de una moral rara a veces nos han hecho dudar de que esto sea así. Pero ahora ya no valen dudas.

Para solidificar mi convencimiento esa noche miré y remiré videos de desfiles militares de la Unión Soviética. Con el himno de fondo. No he escuchado en mi vida himno más bello que el de la URSS. Fuerte y sentimental al mismo tiempo. Música que despierta al heroe del pueblo que todos llevamos dentro. Y el símbolo, símbolo de símbolos. Hoz, martillo y estrella sobre fondo rojo. Hubo un tiempo en que el mundo temblaba ante la sola visión de ese emblema. Perfectamente comprensible.

Dormí hasta las tantas del día siguiente. Esperando a que cayese la noche pasé la tarde escuchando una y otra vez el Concierto para Violín número 1 de Mendelsohn. Brutal. Tensión y coraje para las almas nobles. Grandeza, pura grandeza.

Y por fin llegó la noche. La noche del inicio del Plan, del Gran Plan. Salí a la calle, limpio y acicalado. Perfumado incluso, cual gigoló solitario y experto. Con la hoja de ruta perfectamente redactada y sin cabos sueltos. Con el hierro ejecutor bajo la chaqueta de piel de camello. Con una fe absoluta en la necesaria bondad de mi propósito.

Pero surgieron variables no contempladas y la noche fue mal. Infructuosa de cabo a rabo. No conseguí diagnosticar ni un caso. Ni uno. Y eso que intenté por lo menos veinte. De entrada las mujeres, especialmente las que no pasaban de los treinta, se mostraban receptivas a mi plan de acción. Pero no atendían al guión que yo les marcaba, únicamente procesaban información extralingüística, calibraban datos relativos a la posibilidad de, al terminar la noche, decidir si acabarían rebolcándose conmigo o no. Por ello me hacían hablar a mí, cosa que no tenía nada que ver con el plan. Yo intentaba dar la vuelta a la situación, y las pocas veces que lo conseguía solo lograba escuchar tonterías sobre Tal, Cual, o Pascual. Nimiedades sobre sus jefes. Es curiosa esta mezcla rara de fascinacion-repulsión que las mujeres sienten por sus jefes. Quizás porque toda mujer adora a un Hitler. Bueno, toda mujer no, solo las convencionales. En fin, todo lo que obtenía era inconsistente y volátil, nada que me permitiese llegar a un veredicto. No había manera que destapasen la carta clave de su existencia real. Encima, la ingestión de combinados hacía que lo que se parecía un poco a lo real sonase falso, y lo falso real, así que la confusión era total. Y ya cuando las conversaciones degeneraban en una sucesión de risas sin sentido lo dejaba.

Con las mujeres que rozaban los cuarenta sucedía un poco lo mismo, solo que todo mensaje era mucho más breve, más directo, y los temas giraban más entorno a las grandezas profesionales, a los yates, a los éxitos y a las ambiciones sociales.

Con la tropa masculina no hubo forma tampoco. En manadas de entre tres y cinco, como mucho se reían en mi cara. A más de uno pensé en dejarlo seco en el labavo, directamente, por pura repelencia epidérmica, por pura irritación primaria.”A ver si te ries ahora, desgraciado”, o algo así. Les salvó que cuando hice el pedido de la Brno tuve un olvido imperdonable: no caí en pedir un silenciador.

Desconcertado, a las diez o así del día siguiente, me vi ya de regreso a a mi zulo, volviendo sobre mis pasos por mi larga calle, totalmente de vacío. Cansado, mentalmente exhausto, con la gomina reseca y polvorienta. Con una sensación de fracaso brutal. La gente no suelta prenda, eso me quedó más que claro. Nadie muestra el rostro que oculta tras la careta que a los quince años o así decidió colocarse, por imperativo social y por instinto de supervivencia. Normal, qué le vas a contar a un extraño. Quizás, pensé, habría que hacer seguimientos más prolongados a personas concretas. Trabajarlas durante tiempo. Pero así mi Gran Labor se eternizaría, y me iría de este mundo con la tarea a medio hacer.

Entonces apareció Sarah. En su bicicleta de ruedas grandes, con su chaleco refrectante amarillo-verdoso que le daba un curioso aire de agente municipal. “Sarah”, pensé.

-Hi, hola.

-Hola, Sarah.

Me miraba con sus ojitos azules, azul atlántico, con su gracioso pelito rubio que tan pronto recordaba una escarola como una tarta de manzana al revés. Había puesto su bici a paso de persona y andamos al lado hasta la puerta de nuestras viviendas.

Sarah”, volví a pensar. Sarah, mi primer caso. No me negaría una taza de café. Podría hablar con ella de verdad, pese a sus limitaciones idiomáticas. No iba borracha ni estaba cansada. Sarah no sale de noche, es deportista. Entra y sale quinientas veces durante el día, pero no sigue las pautas del rebaño nocturno. Era perfecta, no sé cómo no se me había ocurrido antes.

Entramos.

-¿Estuvo la noche bien?

-Regular.

Yo pensaba, en décimas de segundo, cómo orientar mi estregia, pero se me agolpaban demasiadas posibilidades, y tan solo fui capaz de quedarme mirándola fijamente. Pero no parecía incomodada. Solo que ante mi mutismo cargó con la bicicleta y empezó a subir peldaños.

-Bueno, adiós -dijo.

Y siguió. Yo pensé que no podía terminar la noche así, sin haber logrado nada de nada con nadie. Pero me daba mucho miedo diagnosticar a Sarah. Por lo que pudiese acabar pasando. Miedo bueno, miedo blando, pero miedo, jústamente lo último que necesitaba sentir. Ese miedo tonto. Miedo a que tras ese candor adorable se escondiese un defecto esencial que decantase la balanza irremediablemente hacia un final trágico. ¿Trágico? ¿He dicho trágico? Sentía que mi plan fracasaría por completo si seguía pensando en esos términos.

Al final la llamé.

-¿Sarah?

Ella se detuvo al instante y se giró.

-¿Sí?

La parálisis, de nuevo. Silencio.

-¿Querías algo? -preguntó, con su acento cantarín.

¿Quería algo? Sí, quería algo. ¿Pero qué?Algo. Solo algo. Varios “algos” a la vez, o yo que sé qué quería. Ella soltó una risa leve.

-Bueno, ya sabes, si quieres algo…

-No, nada, perdona. Buenas noches.

-Buenos días -se rió de nuevo, y desapareció escaleras arriba.

Primer fracaso de Nekorb. Sonado. Rotundo y evidente. Y solo hay una explicación: Nekorb aún no es nada. Siguo siendo Alterego. Y para poder ser Alterego es necesario que un Ego subsista. Ese es el problema de fondo: aquel Ego sigue vivo. Ese ego que herí de muerte pero no maté. Ahí sigue, vete a saber donde, pero ahí sigue. Desangrándose, agónizante, pero vivo, vivo aún. Tengo que encontrarle y matarle. De su muerte depende mi vida. O él o yo. Pero ¿quién es el “yo”?

Hasta otro día.

 

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