Acordeonista

 

No entraba en mis objetivos que este blog fuese el blog de las penas y las tristezas. Como todo, éste ha ido evolucionando al paso y al ritmo de las circunstancias. Pero el caso es que recientemente no me veo del todo libre de pequeñas vivencias que disponen el ánimo de un modo un tanto proclive a la melancolía.

El caso de hoy vuelve a tener que ver con los músicos de calle. Y con la misma estación de metro a la que me refería el otro día.

El chico que cantaba “please please me” a veces alterna su puesto con otro músico, mucho más mayor, y más asiduo. Es acordeonista. Siempre le he visto con un acordeón diatónico, acompañándose de un pequeño equipo de amplificación mediante el cual reproduce pistas con las bases rítmicas y armónicas encima de las cuales él interpreta las melodías. El resultado general es muy agradable. Toca a volumen bastante alto, pero toca realmente bien, y las bases de las que se vale, los típicos midi files, son de calidad y armónicamente muy ricos.

Es un señor de orígen balcánico, diría yo. Insisto en que toca muy y muy bien, a juzgar por los adornos melódicos que introduce en cada pieza, rápidos de digitación y siempre dentro de las escalas correspondientes. Eso sí, el repertorio que ofrece es de aquellos tristes tristes, de aquellos de hacer llorar hasta a una piedra.

Hoy, sin ir más lejos, he pasado por delante suyo en el momento en que tocaba un “Love Story” que partía el alma. Y lo que más me ha conmovido ha sido su mirada al entregarle la moneda. Gratitud sincera. Tristeza infinita. Carga de destino.

Además, hoy no tenía su acordeón. Tocaba con una melódica, aquel instrumento que se sopla y que tiene un pequeño teclado. Que en su versión pequeña, cuando yo era niño, le llamábamos un “doremí”. Inevitablemente he pensado en qué se había hecho de su buen acordeón. Si se lo habrían robado. Si lo había perdido, vendido, malogrado accidentalmente. Vete a saber.

No sé qué debe sentir uno, después de años de estudio y de forjar ilusiones, al verse en la calle para poder ofrecer su arte y ganarse el pan al mismo tiempo. Pero quién sabe, quizás sea esto mucho más digno que prostituir el propio telento en favor de otros objetivos de moralidad más dudosa. Hoy decían en la radio que volvía a ser un lunes negro en Wall Street. Qué pena. Pobres inversores, pobres brokers encorbatados. Unos especulan en bolsa, otros tocan en la calle. Unos generan riqueza -dicen- otros ofrecen belleza.

Maneras de vivir.

 

Anuncis

4 thoughts on “Acordeonista

  1. Aun conservo mi melódica verde, aunque nunca llegué a saber tocarla. La belleza nos inunda… desde los hombres en-traje-tados hasta pasear por las calles de mi barrio. Disfrutemos de la belleza que nos rodea y nos inunda.

  2. Alegría, siempre he pensado que la belleza, en sus múltiples formas, es lo que más y mejor ayuda a vivir. Sí, hay belleza en todas partes. Y hay que saberla ver. No siempre sabemos, quizas porque nadie ha tomado como prioridad enseñarnos a verla, darnos claves, cultivar nuestra sensibilidad.
    a veces coincido con un pensador alemán, Schopenhauer, cuya visión terriblemente pesimista de la existencia humana siempre quedaba mitigada, aliviada, mediante el disfrute del arte. Y otros alemanes en su época, asociaron ética y arte mediante el concepto de belleza.
    Hoy en día abunda lo banal. Somos multimillonarios en banalidades. Algo pobres, creo, en verdad y en la autenticidad que reside en lo bello, en su modalidad cotidiana y sencilla, es decir, en lo bonito.
    Y nada, nunca es tarde para dar salida a la vena musical que todos llevamos dentro. Rescata tu melódica y saca de ella un sonido, aunque sea uno solo… quizás sea bonito.
    Veo que haces por seguir viniendo, aún desde latitudes, cómo diría, más… cercanas? 😉

  3. Gracias, Perezosos.
    Tardé en poner tu comentario porque el servido me lo catalogaba como “spam” (?). Ya está solventado.
    Vete a saber… estoy seguro de que es el músico del que hablo cuando joven.
    La foto es bella, cierto.
    Un abrazo

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