Diario de Nekorb (y IV)

 

Hoy y aquí se narra el fin de Nekorb.

Era un mediodía cualquiera. No, cualquiera no sería, porque algo tuvo que pasar para que lo cuente aquí. Me refiero a que todo apuntaba a que tampoco ese día pasaría nada. Pero pasó. Y no fue algo intenso, insólito. No fue nada brusco, ni abrupto. Fue algo suave, pero con carga de profundidad, algo definitivo. Inesperadamente definitivo. Quizás obvio, y por ello imprevisible. Ya sabemos que a veces lo que más cuesta es esto, ver lo obvio.

Iba andando por el andén del metro. Estación Valldaura. El metro, según anunciaban los paneles, tardaría unos tres minutos en llegar. En ese tiempo sucedió todo.

Noté que me miraba, con aquella mirada de quien sabes que en breve te va a decir algo. Yo la miré. Se acercó a mí, y me alargó un pequeño folleto. “El reino de la felicidad está a nuestro alcance”, ponía. De fondo, una foto de una familia sonriente y feliz. Asquerósamente, fictíciamente. Una familia joven, de buen ver, de anuncio. La mujer que me alargaba ese bodrio me preguntó si lo querría leer. Tendría más de sesenta años. Era bajita, de aspecto queco pero cuidado, y muy resuelta.

-No, no creo que lo lea -le dije, sécamente.

-¿Pero porqué? Veo que lees otras cosas -señalaba el grueso tomo que llebava conmigo, una biografía de Lenin-. Te hablará de Dios, y del reino de los cielos descendido hasta la misma Tierra.

Me miraba con una insufrible mirada de candor celestial. No lo soportaba, pero algo me hizo ser amable con aquella mujer. Algo empezaba a ir mal.

-¿Sabe que pasa? Que soy ateo convencido.- Y sonreí.

-Aay, qué lástima… pero si es solo la palabra del Señor, ¿porqué no quieres leerla? Su Palabra, la que nos salvará a todos… Mira, yo soy testigo de Jehová, y en verdad te digo que si confiamos en Él la felicidad está a nuestro alcance, pero solo por la palabra de Él. Y no hay otra verdad que su palabra, porque así está en el Libro Sagrado. Sabes cual es, ¿verdad? Es la Biblia.

-No, mire, es que ¿sabe qué pasa? Que todo esto ya lo tengo muy reflexionado, así que no creo que me convenza nada de lo que usted me vaya a decir.

-Aay, de verdad, qué lástima… es que no creer en nada es tan vacío… en algo tenemos que creer, ¿no te parece? Y qué mejor que creer en Él y tener fe en su palabra…

-Es que yo sí creo en algo…

Aquí se derrumbó todo. Me vi a mi mismo pronunciando palabras que jamás pensaba que saldrían de mi boca. Me oía como una voz en off incontrolada. Y el caso es que seguía, no podía parar.

-Yo creo en la persona y en su valor, en su entereza y su honestidad. En el bien que se pueda hacer a otro.Y esto no viene de ningún dios, eso es pura fuerza humana.

-Yo creo que sí viene de Él. ¿De quién, si no..? Pero bueno, almenos ahora sé que eres una persona buena, y que si me ves que me ha caído en medio de la calle me vendrás a socorrer…

-Pues claro, mujer, igual que lo haría usted por mí…

-Claro. Pues no te entretengo más. Me llamo María.

-Yo me llamo…

Y por segunda vez se desmoronaron las ruinas de mi primer desmorone. No fui capaz de decir “me llamo Nekorb, y voy a matarla porque su felicidad se basa en una ficción ilusoria”. Y atónito de mí mismo le di mi nombre real. Nos dimos dos besos.

-Cúidate mucho, hijo.

-Cúidese, María.

No puedo describir cómo me sentí. Me inundaba una mezcla de rabia, decepción y desconcierto.Y sé que ese malestar tenía que ver con la evidencia de que aquella conversación me había dejado un enorme placer espiritual. No sé cómo argumentar esta contradicción. Estaba mal por estar bien. Pero al cabo me sentí bien por estar bien.

De pronto me vi diferente. Como si ya no fuese yo. Ideas estrambóticas cruzaban mi mente como relámpagos fugaces. Quise ingresar el la Hermandad de Hippies Místicos, la que forman Jesús de Nazaret y Juan el Bautista. Yo sería el tercer miembro de esa sociedad, sin mí inclompleta. Tres, el número místico, la Tríada, el Esqueleto Cósmico. Jesús, Juan, y Nekorb. Quizás en nuevas reediciones del Nuevo Testamento mi nombre también aparecería.

Me sentí solo en un desierto de bondad y plenitud, llenando de sentido todos los rincones del espacio. Solo por pura ausencia de necesidad de algo o de alguien.

Entonces, ¿Qué iba a ser de mi plan, del Plan de Redención por Eliminación de lo Insustancial (PREI), si de pronto descubría que lo único que valía la pena era mi propia salvación? Pero, ¿salvación respecto a qué? Además, si yo podía salvarme por qué no dejar que cada uno se salvase a si mismo como supiese o pudiese? Ya podía irme, para siempre, al desierto. Y quien necesitase acudir a las Aguas del Jordán ya acudiría, y allí estaría yo. Le ofrecería un bocado de raíz de eneldo aliñada con aire del cielo, y las aguas salvíficas harían el resto (escribo esto bajo una rara sensación de déjà vu).

Ese día fue de crisis final. Me pasé la tarde y parte de la noche observando mi pistola de fabricación checa, puesta encima de la mesa de mi comedor austero, mientras escuchaba las notas al piano de la pieza “Kiss from a rose” interpretada por Seal. Horas y horas incubando, gestando, el fin de Nekorb. Planeando el fin de su misión, el final digno a su paso absurdo por este mundo.

A las doce en punto tomé la Brno con mi mano izquierda. Una sola bala bastaría. Todo estaba en calma. En silencio. Sin ruido en la calle, ni motos, ni coches, ni viandantes. De pronto oí los pasos alborotados de Sarah subiendo la escalera y sonreí. “Las cometas tienen que volar libres”, pensé. Buenas noches, Sarah.

Buenas noches, mundo. Buenas noches eternas.

 

(Epílogo: Una bala es un cuerpo físico. Y lo físico solo puede influir en lo físico. Descartes tenía razón. Hace siglos que tiene razón. Una bala física no produce nada proyectada sobre una sien metafísica. No se mata a balazos un Alterego. Solo muere si le reabsorve el Yo que lo escupió como se escupe a la bilis y al veneno. Solo muere el otro Yo si el Yo genuíno le acoge en un abrazo absoluto, si ambos se funden en lo mismo, si el Padre abraza al hijo pródigo, si la pieza defectuosa vuelve a la matriz esencial. Y eso es lo que finalmente fue. Shalom, Yad Yppah.)

 

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