Ejercicio I: Claroscuro (y coda)

Claro

Yo te miraba, desde mi ventana, mientras jugabas. Pequeña canica de colorines que rodaba alegre por el polvo de esas calles sin coches. Yo, niño bien peinado, siempre te miré, desde mi casa, y aunque no me veías siempre pensé que sabías que estaba allí. Veía como no tenías miedo de chocar con canicas más grandes, de aquellas de metal, y cómo del choque salías siempre perdiendo. Pero perdías con alegría, y resignadamente volvías tu lugar en la cola del turno, con la fe de que la próxima jugada te saldría mejor. Y como era que no, dabas un saltito, separando un poco los brazos, engogiendo los hombros, y así, tardes y tardes, hasta que tu madre te llamaba porque tenías que ir a cenar.

Muchos años después yo ya bajé a la calle y te conocí. Pasamos muchos ratos bagabundeando como gatos traviesos. Un día me tirastes de un banco de madera, con un empujón inesperado, porque no sé qué te dió. Pero al cabo de nada me vinistes a enseñar una hoja de árbol que te parecía curiosa, solo por ver si me había enfadado contigo. “Mira”, dijistes. Y en tus dedos y en tus ojos tiritaban la hojita y un destello que decía “¿te has enfadado?”.

Pasaron aún más años y una tarde de sol implacable me sentí el hombre más feliz del mundo cuando paseaba a tu lado por esa gran avenida y la gente se giraba a mirarte, preciosísima afro girl. Y encima me escuchabas, pacientemente, mientras yo desgranaba argumentos sobre cuestiones absolutamente irrelevantes, prescindibles y vanas, sintiéndome estúpidamente importante.

Y en mis días de nubes grises, mi canica de colores, que vive con la claridad de lo sencillo, con la luz de lo verdadero, aún es luz y sentido.

Y te admiro y te envidio, y te admiraré y te envidiaré siempre, por lo que tu eres y yo no soy. Quizás porque tú jugastes en la calle tantas tardes y yo no.

Oscuro

Escribí “No ploris”, una composición musical breve, después de haberte hecho llorar sin querer. Me di cuenta del daño que se puede hacer cuando no se piensa y se va a lo loco. Odié, como siempre he odiado, hacer daño, y más a tí, angelito inocente. Y pensé que de esa lección sacaría algo perdurable.

Ayer vi que no. Que una especie de bilis agria brotaba con tremenda facilidad de mis entrañas, y aunque no tuviese ningún espejo delante sabía que mis ojos proyectaban dureza, frialdad y castigo. Sin reparo a que probases el jarabe de mi egoísmo atroz e injustificado. Sin otra consideración, sin ternura, solo por ser yo por encima de ti. Por sentirme miserablemente dueño de ti. Por alimentar a la áspera bestia del resentimiento. Por el morboso placer de apagar con gasolina los fuegos del propio infierno. Llamas sobre lo oscuro. Era oscuro, sí. Estos días oscurece pronto. Deamasiado pronto.

(Coda)

Huye del alacrán, a no ser que no tengas miedo. A no ser que, como la Madre Tierra, estés por encima del bien y del mal y aceptes su verdad. O a no ser que te fascine el riesgo de recibir, a traición, la punzada de su aguijón ciego.

 

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3 thoughts on “Ejercicio I: Claroscuro (y coda)

  1. María, ya te dije que aquel verso tuyo sobre la canica entre las perlas me había hecho pensar. Eso me inspiró buena parte del texto. De repente una imágen puede disparar un sinfín de recuerdos y emociones.
    Y nada, sigo leyendo por donde merece la pena hacerlo, María.
    Encantado una vez más de tenerte por aquí.
    Saludos.

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