A eso de las nueve

 

Héroe venido a menos. Capitán de fragata vieja. Jinete del viento de otoño. Hoy ya no temes que se te escape el mundo, ¿verdad?

“Bueno, parece que ya es hora de recogerse en casa”, te ha dicho un vecino, a eso de las nueve, en el ascensor. Tu vecino es un hombre mayor. Y de repente has sentido un enorme deseo de ser viejo. De ser viejo y a las nueve considerar que ya es momento de recogerse en casa. Que ya está todo visto por hoy. Sin temor a que se te escape el mundo. Que del mundo ya solo ves la parte trasera de su último vagon, lo ves alejarse, hacerse pequeño, lentamente, contra un horizonte de montañas azuladas, contra un cielo enrojecido. Ahí va el mundo y tú le miras porque tú te quedas.

Entras, y en el espejo de tu recibidor te ves. Te miras. Siempre te miras cuando entras. Te gusta ver lo bien que te sienta ese bronceado perpetuo que luces, esa piel dorada por los soles de todos los mares. Ese pendiente que cuelga de tu oreja, porque cruzaste en su momento el cabo de Buena Esperanza. Lo cruzaste, sí, aunque sin épica ni nada. Le diste la vuelta como quien dobla la esquina para ir a comprar un paquete de Ducados, un kilo de mandarinas o unas zapatillas a cuadros para andar por casa.

Quizás ya eres viejo. Puedes contar todo esto seguramente porque ya eres viejo. Sí, ya eres viejo. Ahora ya solo te falta ser un viejo. Vestir tabardo de paño, gorra de pana y a eso de las nueve recogerte en casa. Y olvídarte de volver a cabalgar el viento.

Wendy no está. Está de gira. Te sientas en tu sofá de piel de camello. A ver si en algún canal dan a Wendy. Mírala, ahí está. En el Coliseo de Roma. Almenos hay cinco mil personas. Mírala. Ahí va, con su mono negro ajustado. No está mal el escenario. No está nada mal ella. Va a sus anchas. Ahora salta. Te encanta como salta. Y ahora es cuando viene lo de put an arrow in my heart y hace aquello con el puño, como clavándose la flecha en el corazón, pero el corazón lo tiene bajo el pecho izquierdo, y de repente nada existe en este mundo, solo el pecho izquierdo de Wendy, tan perfecto, tan tierno, como miga de pan caliente.

Te sabes sus conciertos de memoria. Bueno, no es difícil, siempre son lo mismo. Te has preguntado siempre porqué le llaman concierto si no hay violines.

Si fueras un viejo podrías echar la quiniela; contar batallas en los centros parroquiales y los bares a la hora del vermouth. Plantéatelo. Al menos ya tienes el primer paso ganado: ya eres viejo. Y eres héroe venido a menos. Ex-jinete y ex-capitán. Y esto da mucho de sí.

Ya pasan de las nueve. Algo suena en la puerta: es Wendy que mete la llave para entrar. Ahí llega, arrastrando su maleta buitton negra con ruedas. Se la compró porque leyó que Carvalho tenía una. Wendy lee. Wendy es muy diferente de lo que aparenta. No entiendes qué hace ahí, ya de vuelta. Habrán calcelado el último concierto. O no te enterastes bien. Wendy no llama, se presenta y punto. Bueno, ahí está, y tú sonríes. Ahí la tienes, en el recibidor y en el televisor. Y al parecer, viene rendida.

Sí, viene rendida, con ganas de recogerse en casa, que ya pasan de las nueve. Se quita las botas y lo primero que te pregunta es si hay sopa de esa  que le gusta.

 

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2 thoughts on “A eso de las nueve

  1. No, Matínez es más de sargento (chusquero).
    El capitán tiene apellido medio-francés, pero bueno, da bastante igual, por lo de venido a menos. Ya ni se acuerda.
    Saludos, Sir.

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