Circularia

 

Corrían tiempos veloces, tiempos de instinto cazador. Tiempos de no-proceso, tiempos de doble-click y despliegue inmediato. Tiempos perfectamente metaforizados por medio del icono de la flecha: recorrido lineal, directo al objetivo. Flecha que atraviesa velozmente los puntos de su trayecto, sin ni siquiera verlos. Los funde, los quema. Son prescindibles, hay que dejarles atrás. Solo el objetivo cuenta, ese ojo de buey en el centro de la diana. No hay proceso. Ninguna estación intermedia, ningún apeadero con mirador sobre los valles. Tiempos de “agárralo y corre”. Tiempos de eyaculadores precoces y lenguas parcas.

En esos tiempos creció Sergio Asaco. Practicaba con solvencia la metodología del tren bala, el easy-jet, el piñón fijo. Empujaba el tiempo y jamás miraba a un lado, solo adelante, cual ariete-rebienta-todo-que- ahí-hay-un-botín.

Una noche salió de caza, y consiguió más o menos el número de capturas habitual. Pero para ello había tenido que adentrarse en una zona que no tenía del todo controlada, porque en las zonas de faena habitual se notaba que los bancos de captura habían disminuido, por la cada vez más creciente presencia de Sergios Asacos, y claro, la depredación se estaba haciendo algo mas difícil cada día. Por eso se había alejado de su entorno más conocido, el de polígonos y complejos y grandes párquings y la cosa urbana y suburbana. Total, que esa noche sin luna Sergio Asaco se perdió entre las nieblas de lo desconocido.

A la mañana siguiente se halló a si mismo en un país extraño. Con relieves suaves y pequeños bosques, con olor a hierba fresca y cantos de pájaros. Echó a andar por un camino empedrado y a lo lejos divisó un poblado de casas con techo de paja y chimeneas humeantes. Conforme se acercaba a él, descubría que la presencia humana se reducía a viejecitas que buscaban cosas en el suelo, o hacían surcos en la tierra, o regaban variados ejemplares de vida vegetal. Sergio Asaco intentó huír hacia atrás, pero como no sabía empezó a correr hacia delante, pero llevaba demasiadas horas perdido, sin sin comer, estaba algo débil y a las diez zancadas desfalleció.

Cuando abrió los ojos se vio rodeado por un sanedrín de ancianas que le daban pan con leche y le miraban en silencio. Al cabo de mucho rato, la más venerable le habló.

-Bienvenido a Circularia.

Así fue como Sergio Asaco se vio en país extranjero sin saber volver al suyo, por lo que no tuvo más remedio que quedarse ahí. La ancianas le acogieron, le dieron cobijo y calor, y sobretodo tuvieron mucha paciencia con él durante su largo tiempo de adaptación.

De aquellas viejecillas aprendió lo que ni tan solo sospechaba que existía. Le enseñaron a aguardar. Aprendió cosas útiles como el proceso de recolección. El proceso de cocción. Aprendió a dar pacientes vueltas a la olla del cocido. Descubrió el proceso de ordenación. El proceso de contar los números de uno en uno y lentamente: uno-gutiérrez, dos-gutiérrez, tres-gutiérrez, hasta el diez y a empezar otra vez. El proceso de siembra y cosecha. El proceso de escucha y el proceso de espera. Aprendió a dar una vuelta, i que la noche es noche solo porque antes va el día.

Sergio Asaco canviava lentamente, y casi sin darse cuenta. Pasados dos años en Circularia, el sanedrín se volvió a reunir, y le convocó. Se sentaron en círculo, y tras un largo rato de silencio, la más venerable de las ancianas habló.

-Sergio: Llevas ya dos años entre nosotras. En este tiempo has aprendido, y vemos que te has esforzado dignamente. Es momento de que sepas varias cosas: la primera es que consideramos tu esfuerzo merecedor de un premio. La segunda es que ese premio lo podrás elegir tú libremente, sea el que sea, y que te será concedido, puesto que todas nosotras somos Sacerdotisas Mágicas. Con una excepción: hay un único premio que no te podemos conceder, y es el de darte el mapa de regreso a tu país. Esto no significa que no puedas irte. Te puedes marchar con plena libertad. Si quieres, puedes abandonar para siempre el país de Circularia, pero el regreso correrá de tu cuenta.

Sergio, que ya no añoraba el país de donde vino, les pidió el deseo que más le seducía. Lo formuló en voz alta, y el consejo asintió.

-Bien. Tan solo tienes que cerrar los ojos y esperar. Cuando vuelvas a oír mi voz podrás abrirlos, y tu deseo se verá cumplido.

Sergio cerró los ojos, y al cabo de lo convenido, los volvió a abrir. El sanedrín lo formaban ahora una plétora de bellas jóvenes de cabello largo y piel tersa, de ojos puros y manos cálidas como la tierra abierta.

Y Sergio vivió en Circularia por el resto de sus días. Conocedor de la esencia de todos los procesos, encontró en Circularia el paraíso del amor carnal. Doradas a fuego lento, sus noches fueron un constante fluir de tranquilas recapitulaciones. Lo mismo, siempre distinto. Cada noche, lo viejo tornándose en nuevo.

 

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