Emilio

 

Montserrat se puso de parto aquella noche, a eso de las doce, pero no quería dar a luz en casa. Isidro, el marido de Montserrat, no tenía coche, ya que nunca quiso aprender a conducir porque le daba miedo.

Emilio, el viejo Emilio era vecino de toda la vida, y buen amigo del ya difunto padre de Isidro. En su dia le avaló para que el banco le concediese el crédito necesario para abrir el negocio de molduras del que vivían. Además, era el único hombre de esa calle que sabía conducir y que tenía automóvil, un R-4 color butano. Por eso fue él quien llevó a Montserrat y a Isidro, esa noche, hasta el hospital provincial, donde Montserrat, de madrugada, tuvo una niña a la que llamaron Marina.

El viejo Emilio estuvo enormemente encantado de haber podido prestar un favor tan grande. Se sentía como una especie de padrino de la recién nacida, y supuso que ya, para el resto de su vida, se podía considerar sin ninguna duda uno más de la familia.

Emilio estaba retirado. Fue de los primeros, después de la guerra, en cobrar paga de jubilación y en poder vivir una vejez holgada. Por ello guardaba eterna gratitud a Franco. Si aquel le hubiese pedido volver a tomar las armas no lo hubiese dudado ni un segundo.

Cada tarde Montserrat subía a tender, con la pequeña Marina a su lado, en una cestita de mimbre. Isidro, abajo en el taller, trabajaba. El viejo Emilio casi siempre subía al terrado, y con el pretexto de ver a la pequeña, se quedaba a dar conversación a Montserrat.

Una tarde, mientras ella tendía una sábana, notó como Emilio, por detrás, le agarraba los pechos con ambas manos. Montserrat tensó el cuerpo, pero no dejó de tender.

-Emilio, haga el favor de comportarse, que está Isidro abajo. ¿Qué quiere, que le vea?

El viejo Emilio se reía por lo bajo, y la soltó enseguida.

-Je, je, je, no te tienes que enfadar, Montserrateta, que ya sabes que yo soy como de la familia, je, je, je. Que siempre fuimos muy amigos con tu suegro, que en paz descanse, y ahora, con la niña…

-Todo lo que quiera, pero tiene que comportarse, Emilio.

Muchas más tardes subió el viejo a ver tender a Montserrat. Todas las tardes de sol. De sol y de vejez. De vejez y soledad. Subía, y ese rato era feliz. Hacía monerías a la cría. Se sentaba en una silla y a ratos hablaba, a ratos echaba una cabezada. Alguna que otra vez sintió el deseo atroz de volver a palparle los pechos a Montserrat, y en una ocasión volvió a ceder ante la tentación.

-Emilio, ¿ya estamos otra vez?

-Lo tienes que entender, Montserrateta, lo tienes que entender…

Y así pasaron muchas tardes, varias estaciones y algún año. Montserrat ya no se enfadaba con él. Marina ya correteaba. El sol ya había secado decenas de sábanas, y una noche, de un modo tan inesperado como previsible, Emilio, durmiendo, se murió.

Medio pueblo fue al entierro. El otro medio se quedó en casa, haciendo como que no se enteraba. Pero la iglesia parrroquial, esa tarde, estaba repleta.

Volvían a pie, del entierro, Isidro y Montserrat y la pequeña Marina de la mano de su madre.

-Era un buen hombre -dijo Isidro. -Le echaremos de menos, ¿verdad?

Montserrat no respondió. Solo esbozó una leve sonrisa.

 

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