Camino al acantilado

Seguramente a nadie le gustaría ser como él.

Pasa de los cuarenta. Pasa bastante, de hecho está ya más cerca de los cincuenta. Viaja por todo el país y más allá de sus fronteras, residiendo temporalmente en sitios donde pueda encontrar trabajos de tipo manual. Reside en pensiones baratas, y cuando se termina el trabajo, o se cansa, abandona el lugar. Casi siempre se mueve por poblaciones medianas o pequeñas, aunque esporádicamente recala en ciudades grandes.

Hojea periódicos locales en bares, estaciones, autobuses. Habla a quien le habla. Está flaco como un clavo -come frugalmente- y a veces bebe. Si participa en alguna obra de resultados visibles le gusta satisfacerse con el resultado de su trabajo.

No entra en el debate de si el trabajo manual está explotado. Le da igual trabajar por mucho o por poco. Huye de sindicalistas y demás jefecillos enrolados en la defensa de los derechos de clase. Él no pertenece a ninguna clase. No le hace la rosca ni al patrón, ni al encargado ni a nadie. Trabaja. Coje la pasta y se va.

Los ácratas y los radicales de izquierda le consideran un desclasado sin consciencia. Un vendido al sistema de producción, un individualista, un producto aberrante de la moral burguesa, que puesto que nunca emite un solo comentario crítico contra el sistema significa que lo da por bueno. Los conservadores, bienpensantes, y demás derechistas lo consideran un nihilista, un radical encubierto, hostilmente callado y potencialmente peligroso, el rechazo viviente a los aludidos -y sagrados- valores burgueses. Quizás no en esta precisa forma, pero el fondo de inquietud que les produce se debe a que intuyen en él algo de este estilo.

Solo se cabrea y se puede llegar a poner violento si alguien falta a su palabra o intenta engañarle.

A menudo le paran y le interrogan. Cuando por la zona corren sospechosos de cualquier fechoría puede que hasta le retengan, o le detengan. Confundiendo su perfil físico con el de algún delincuente, más de un policía chusquero le ha arreado uno o dos guantazos.

Nunca deja un amor en ningún puerto. Siempre toma el siguiente tren a cualquier parte, viajando de día y viendo pasar el mundo, dejando que se pierda tras sus espaldas.

No tiene hijos ni los tendrá. Es un camino al acantilado. Es un punto y final.

 

Anuncis

8 thoughts on “Camino al acantilado

  1. Aunque nadie quisiera parecérsele se ve que es bien libre y pasa de etiquetas… lo cual es envidiable, como esas reflexiones que suelen suscitar tus cuentos, así como sin quererlo, pero directas al centro de la diana.
    saludos carrouselescos 😉

    • Gracias, MC, me alegro de que digas que estos textos apuntan a algún lado, aunque siempre he pensado que el lector es quien dirige la trayectoria.
      Un saludísimo

  2. Los caminos no trillados generan en no pocas ocasiones incertidumbre, zozobra y tristeza. Pero luego compensa, cuando uno se queda a solas, en ese rinconcito en el que sólo habita la conciencia.

    • Claro, todo tiene su precio, o su premio.
      En el rinconcito de la consciencia, almenos, que no haya riña.
      Gerard, gracias por leer.
      Un saludo

    • Claro. Es la eterna balanza, las dos caras de la moneda, etc.
      Vivir es escoger, y escoger es renunciar… Nada nuevo bajo el sol, como diría aquel.
      Ferran, gracias por leer.

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out / Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out / Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out / Canvia )

Google+ photo

Esteu comentant fent servir el compte Google+. Log Out / Canvia )

Connecting to %s