Pautas de comportamiento

Tiene un andar apático, pese a que la estructura de su columna vertebral confiere al movimiento de sus nalgas un balanceo armónico y seductor. Se dirige al vestíbulo de la estación de metro. Viste shorts y camiseta estrecha de tirantes. A su lado un pollo de su misma edad, unos diecisiete, como mucho dieciocho; bien rapados los laterales de su cabeza, camiseta estrecha, bermudas a cuadros; gafas de sol de níquel, ray-ban o imitación; cuerpo estructurado en geometrías de gimnasio.
Se acercan a los tornos de entrada, y de forma simultanea apoyan las manos donde corresponde para dar un salto por encima de la barra giratoria. Ha sido un salto de elegancia coreográfica, grácil, fluídamente sencillo, como si estuviese ensayado. Quizás no estuviese ensayado pero sí un montón de veces ejecutado. Les veo bajar la escalera de acceso al andén, mientras yo introduzco mi targeta de transporte en la ranura correspondiente.
Llego al andén y les veo sentados en el banco, esperando a que llegue el metro. Ambos están con la atención puesta en un smartphone, moviendo los pulgares ferozmente. El metro tarda, pero no levantan la cabeza del aparato ni se hablan. Parecen abducidos, con la voluntad secuestrada o algo parecido. A su alrededor parece no existir nada. Creo que esos teléfonos que sostienen no bajan de los ciento cincuenta euros.

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