Los imbéciles

Los imbéciles me fastidian, aunque con algún esfuerzo me veo capaz de sobrellevar su presencia. Incluso diría que puedo tolerar su injerencia en mis asuntos, entendiendo esto  como un mal inevitable, como un precio que hay que pagar por estar en un mundo de seres libres. El imbécil está ahí, siempre ahí, y da faena, pero de algún modo se le puede mantener a raya, y con algo de prevención hasta es posible que uno se vea libre de los efectos de su idiotez. Aunque -¡cuidado!-, en cuanto uno baja la guardia, relaja la vigilancia o comete el error de volverse demasiado confiado, el imbécil vuelve a arremeter contra tu castillo de orden, seriedad y solvencia. Pero bueno. como se suele decir, si tiene solución, deja de ser un problema. En el fondo el imbécil no es el problema. El imbécil es fastidioso, y ya está.  Lo que realmente descorazona y es del todo preocupante es la imbecilidad.

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