Historia de un alacrán, por Jaume Duran

 

En medio de esa ciudad desconocida se perdió. Se le acabó el dinero. Tuvo que dormir en un portal. Ni siquiera supo encontrar cartones con que taparse. Y la humedad del río se le metió muy adentro, hasta los huesos, y toda esa noche tembló y se agitó. Se despertó con las luces de ese amanecer frío y su primer pensamiento fué que no sobreviviría a otra noche como aquella.

Sentado en un banco próximo a uno de los muchos puentes, con el cuello de su gabardina subido hasta las orejas, con los brazos cruzados, encorbada la espalda, intentó evitar que el poco calor que le quedaba en el cuerpo se disipase en la fría mañana de finales de ese invierno centroeuropeo, y aún así no podía dejar de temblar. Cogió fiebre. Se desmayó.

Había llegado a esa ciudad atraído por las postales, por las fotos de los escaparates de las agencias, por los relatos de escritores, por la ficción arbitraria de conocidos y desconocidos que le habían cantado las mil excelencias de ese sitio. Pensó que también él podía ser ese viajero intrépido, ese aventurero magnífico que sabe disfrutar de las maravillas del mundo, ese buscador de horizontes que encuentra siempre lo que busca porque el mundo está a sus pies y a merced de sus deseos. Pero todo anverso tiene su reverso, toda cara tiene su cruz, y allí estaba, recibiendo la lección implacable de que en cualquier parte, cuando la intensidad de los focos baja hasta perderse toda la luz del escenario aparecen siempre los mismos fríos, los mismos grises, las mismas oscuridades.

Tuvo suerte: alguien le tocó el hombro y le dió la mano. Le llevó a su casa, le metió en una bañera caliente, le dió cama y comida. Le habó una lengua conocida y le llenó el bolsillo con moneda de curso legal. Le sonrió, le regaló un trozo de oro de su alma generosa, le cambió el frío y la miseria por calor y alegría.

Pero el alacrán és alacrán, y una vez recuperado, una vez renovada su integridad corporal, una vez rellenado su depósito de veneno, sin pensar nada le clavó su alfiler traicionero a esa mano amiga, justo cuando se extendía de nuevo para preguntarle si necesitaba algo más, quizás esperando, almenos, una sonrisa de gratitud.

Paralizada por el líquido traidor, con los ojos velados por el desconcierto, con el alma rota, cayó al suelo, y en sus ojos se dibujaba un amargo porqué.

-Porque soy alacrán, y es mi naturaleza picar a quien se me acerca. Lo siento, mano amiga, de verdad que lo siento. Y que conste que te lo agradezco todo, pero contra mi naturaleza nada puedo hacer. Adiós. No, no mueras, por favor, eso sí que lo puedo desear, lo único que no puedo evitar es el clavar a traición. Lo siento. Adiós.

Y bien, así fue más o menos. Es una fábula vieja y dura, que yo he recreado un poco. Pero voy a darle un final bonito.

El alacrán bajó a la calle. Habiendo cerrado la puerta de ese domicilio anónimo cerraba un capítulo más de su história y pareció que su memoria borraba lo recientemente sucedido. Pero solo lo pareció. A la vuelta de la primera esquina se dió cuenta de que su alma experimentaba un retorcimiento para él desconocido. Y esa sensación creció y creció. Sufrió. Y ese sufrimiento hizo surgir de su interior  una extraña fuerza que desencadenó una insólita metamorfosis (sí, una vez más este concepto centra mis inquietudes más hondas) una metamorfosis que hizo que se conviertiese en una bella mariposa, que revoloteaba ante los ojos de cualquier caminante con una danza bella, producto de una alma nueva y bien temperada. Un ser que solo daba la belleza de un vuelo efímero, pero que jamás lastimó a nadie más.

Y la mano amiga no murió. Su bondad actuó como antídoto y el veneno del alacrán poco a poco se secó y desapareció de sus tiernas venas. Y como ella sí que realmente no podía ir en contra de su naturaleza siguió tendiéndose a quien la necesitase, con la misma generosidad, con la misma grandeza, con la misma alegría de siempre.

Y ojalá que quien lea esta historia la entienda como un homenaje a lo bueno que aún pueda quedar en nosotros, más allá de nuestras debilidades. De todo corazón.

Música para el texto: Just like the day, Pat Metheny

 

6 thoughts on “Historia de un alacrán, por Jaume Duran

  1. En el 99% de los casos el alacrán se marchará y olvidará lo sucedido esa noche. Me gusta la fábula tal cual, sin final bonito. Nos gusta creer que todo acaba bien, que toda historia acaba con el final perfecto de Disney pero rara vez sucede…
    Eso no quita que porqué en la mayoría de los casos ocurra debemos quedarnos de brazos cruzados y no intentar “metamorfosearnos”, nunca es tarde para rectificar.
    Un petó Jaume!

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