La noche cae, fresca, después de un día de calor pegajoso. El asfalto descansa, se templa, y por fin se enfría. Tras un teclado querty una mente desasosegada por fin, del mismo modo, se apacigua y escribe.
Tras la ventana, silencio roto por la motocicleta que no va a ninguna parte, por los gritos del borracho que una vez más llora su impenitente desdicha, por las chicas italianas que dejan al oído un recorte de conversación fugaz. Y aún pasan más cosas, pero quedan más allá de la inmediatez de este momento nocturno. La luna observa, indiferente, el tragín de una gran ciudad que medio duerme.
En esta ciudad, poco a poco, fui construyendo el cajón de mis pequeñas cosas. De cintas de cassette con música de trobadores hippies, de pajaritos de barro, de flores, de postales del mundo con ríos encalmados.
Un cajón que hoy, al abrirlo, he descubierto, con espanto, que se me ha llenado de facturas. Que debo. Que debo mucho. Que debo tanto. Y que no puedo tardar en pagar. Sé que lo haré, aunque no sé ni cómo ni cuando.
Tan solo sé que esta noche volveré a dormirme bajo esta luna de ciudad, y que quiero que mis sueños sean plácidos. Para ello quizás puedas, luna amiga, cantarme tu nana urbana.
Música para el texto: Nana urbana, Flameland
